miércoles, septiembre 19, 2007

La raíz de la lechuga


Ese ovillo enredado y pelirrojo que descansa con indefensión sobre la mesa, esa materia blanda y agridulce que parece maleable y sin embargo no lo es. Ese atado de tierra y telarañas, ese cuerpo irritado y semisólido que transpira y que aguarda derrumbándose. Ese es mi corazón.
Te miro sostenerlo entre los dedos y tratar de sacarle la capa superior de barro y lana: te miro mordisquearlo distraído pensando en lo ocupado de tu vida, en la lista de pendientes de mañana.
Ese es mi corazón, puedes guardarlo envuelto en un pañuelo en tu bolsillo y llevarlo contigo a todos lados, esperando entibiarlo o enmohecerte. A que se seque tal vez para ponerlo, sobre tu mesa como un pisapapeles.
Ese es mi corazón, es un tubérculo que puedes arrojar en una esquina y que pasara a formar muy pronto parte, de la materia orgánica y de la composta.

Ese es mi corazón, puedes sembrarlo en el centro soleado de tu patio y mirarlo de reojo en las mañanas, vigilando su vida y sus latidos. Puedes, si tienes mucha suerte, esperar a que crezca, convertido en un retoño pequeñito. Y tal vez ocurra que continué inyectándose de agua y clorofila y sol y de madera. Que un buen día despiertes y que sea suficientemente alto y amable, para que puedas amarrar un columpio y mecerte entre sus brazos.



1 comentario:

otro nacho dijo...

dichoso el jardinero que se haga de ése tubérculo. habrá de ser fuerte y paciente, tendrá que saber arrullar a las flores